De garaje familiar a estudio.
Necesitábamos un lugar de trabajo, que hablara por nosotros. Cuando alguien nos llega con un nuevo proyecto, llega con ilusión, pero también con nervios e incertidumbres, y la primera sensación debía ser tranquilidad, orden y criterio.
El punto de partida era el menos amable posible, un garaje a modo de trastero, sin apenas luz y muy saturado. Vaciar fue el primer proyecto, dejar limpio el espacio para decidir que debía ser de él.
El presupuesto era mínimo, las instalaciones se dejan vistas y el resto se unifica, paredes, techos y suelo, todo a un mismo tono neutro, necesitábamos bajar el ruido y ganar limpieza visual en lo permanente. La vida y el caos debía ponerlo el día a día, los proyectos que se desarrollaran, o las piezas que irán rotando en el espacio.
Esta continuidad en los materiales nos dió un espacio que ya respiraba y que , a partir de ahí, nos permitía sumar carácter sin romper esa serenidad. Introducimos el acero y el nogal, aportando precisión y calidez en el ambiente.
La llegada y recepción era clave, es la primera fase del espacio y debía decir lo mismo que buscamos en cada proyecto: claridad, cuidado, y transiciones amables. La reacción se repite: «Cuesta creer que esto fue un garaje»
Además el estudio se complementa con una sala de reuniones con área de muestras.
Este proyecto resume nuestro método, a veces, a veces simplemente con ordenar, unificar y dejar entrar la luz y la vida es suficiente. Con esto, el espacio hace lo más importante: habla por sí mismo… y te dice que aquí todo se va a hacer con calma, criterio e intención.